El caótico y sucio puerto de Essaouira tiene un encanto especial que le convierte en un lugar anclado en el pasado al que siempre querrás volver.
Sr. Caracol
Tercer día de rodaje. Hoy despertamos temprano, una vez más, para perdernos por el puerto de Essaouira, el motor de la ciudad, antiguamente llamado Mogador y el único del sur que estuvo abierto comercialmente a Europa.
Mientras Marc graba yo me dedico a hacer fotos, cosa que parece no agradar a los pescadores, así que un grupo de ellos nos lanzan cabezas de pescado muerto. A Marc le rozarán la cara, pero yo tengo más mala suerte y la sardina voladora impacta en mi pantalón. Con una sonrisa y un goodbye nos vamos de allí antes de que empiecen a tirarnos cualquier otra cosa. El puerto es un lugar atractivo, lleno de personajes curiosos con pescados de todo tipo en las manos o sobre la bicicleta, barcas que parecen de otra época y cientos de gaviotas tratando de conseguir un premio.
Cuando empieza a apretar el sol y la luz se hace demasiado dura para seguir grabando nos metemos en a medina de nuevo. Aziz, nuestro productor y guía nos lleva a algunos comercios para poder filmar con tranquilidad los trabajos de los artesanos. Al ir con un marroquí, todo se hace más tranquilo y civilizado. No tenemos que dar explicaciones de nada a nadie, aunque también se alarga todo con el ritual del té a la menta. Pero no nos importa, “prisa mata amigo”.











Un poco más al sur de este enclave perfecto para pescadores y hippies hay una pequeña cascada que acaba cerca del mar, junto a unas rocas que emanan arena sin parar, como si fuese un surtidor de tierra que alimentara las playas del sur. Aquí nos esperan unos tuaregs a caballo y una khaima en la playa, combinación perfecta para pasar la tarde. Yo lucho con mi precioso caballo blanco para que me obedezca mientras grabo unos planos subjetivos, pero aquí los caballos también hablan otro idioma.











