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Europa07: Alsacia, blanca navidad

Volver. Una desazón gris se me ha adherido a la piel como una compañera incordiona. Me persigue desde hace algunos días y no se separa de mi. Me llena de melancolía y hace que todo el viaje parezca un sueño.

Sra. Caracol

La realidad empieza a materializarse en palabras que empiezan a sonar en nuestros desayunos caraveneros: “regreso”, “trabajo”, “final”, “se acaba”… y no puedo evitar hacerme la remolona y resistirme… como cuando los domingos ronroneas en la cama y te escondes bajo las sábanas estirando esa placentera sensación de semiinconsciencia hasta que tu Pepito Grillo te jalea que debes levantarte. “Solo unos minutos más… por favor, se está tan bien….” Así que lucho contra las horas que pasan, contra los días que se acaban, contra la idea de que estas aventuras ya no volverán, que se instalarán en mi memoria como un recuerdo más, lleno de colores y olores, de risas y encuentros, de sueños y recuerdos.
Pero en el fondo estoy contenta, porque allí, en mi imaginario, estas vivencias serán siempre colores vívidos, olores sabrosos, risas felices y encuentros especiales, incluso más que los que en realidad vivimos. Así ocurre siempre, cuando pasa el tiempo, lo bueno lo evocamos mejor de lo que era, y lo malo, menos mal, acabamos olvidándolo.
Pero lo mejor de todo es haber podido aprender, un poquito, que los caminos se hacen caminando, no imaginando, que la vida nos la podemos diseñar nosotros mismos con un poquito de ganas, que los sueños se pueden cumplir aunque “parezcan de locos” y que no hay reglas escritas parea ser feliz. Que lo bueno del viaje no es la meta, son los frutos que recoges viajando. Que las metas son modificables. Que se puede vivir sin un plan e improvisar destinos. Que somos muuuyyyy afortunados por haber podido descubrir todo esto. Que el tiempo es una medida relativa, sobre todo el tiempo de los sueños, donde todo tiene otra dimensión, donde las cosas a veces pasan muuuy despacio y otras se aceleran sin marcha atrás. Como en una película a cámara rápida. Pero nuestro tiempo, ese que hacemos nuestro mientras lo vivimos, ese es el que marca la diferencia, el antes y el después de los viajes que emprendemos en la vida, de las decisiones que tomamos, de los riesgos que corremos, de las cosas que dejamos o empezamos. Un tiempo de viaje para vivir una vida. Una vida en el tiempo para recordar cuando volvamos.



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Europa07: Bern, Klee, escenarios y puntualidad

Ya estamos en Suiza, país de las postales navideñas. Nada mas cruzar la frontera una manta blanca entre valles con chimeneas bulliciosas nos recibe mientras el termómetro baja precipitadamente.

Sra. Caracol

Berna será nuestra elegida para pasar los previos a la natividad. Y la hemos elegido precisamente por eso, por ser una de las capitales del frío y de los mercadillos navideños. La ciudad está construida de “casitas de chocolate”, algo en el ambiente recuerda el cuento de Hansel y Grëtel y en cada tejado una estela de humo compite con las duras temperaturas. Los bajo cero son lo usual en este lugar de puntualidad y orden, cada mañana las copas de los árboles parecen esculturas de hielo talladas por un Eduardo Manostijeras suizo, pero el sol nunca aparece para consolarlas, así que congeladas se quedan durante días y días, esperando los besos cálidos de la primavera.
Falta de calor, falta de sol, falta de vida… pero a pesar de ello, paisaje precioso y evocador como en las fotografías del pasado.
Visitamos el museo de la comunicación donde una exposición temporal habla de la manipulación de la información por motivos políticos, económicos, sensacionalistas… nada justificados! Así, mientras confirmamos la que ya sabíamos, descubrimos curiosos como conducían el correo suizo hace siglos, en trineos tirados por ovejas serpenteando por desfiladeros terroríficos. Más tarde nos enviamos cartas de amor escritas como antiguos escribanos o en forma de mail sorpresa y un poco más allá recordamos nostálgicos las teles y los vídeos Vhs de cuando éramos peques y nos sentábamos delante de esa caja negra que nos traía cada tarde Las Aventuras de Tom y Jerry. La nostalgia nos acompaña en este paseo, Alvarito recordando sus primeros Commodore y yo las melodías de mis dibus preferidos. De nuevo no puedo evitar pensar en que antes vivíamos en una época más tranquila, humana y comunicativa que ahora, a pesar de tanto adelanto.
Otra vez en el helor absoluto buscamos uno de los puestos de salchichas y vino templado tan visitados en este país y encargamos dos perritos calentitos para acompañar la vuelta a casa.
Así van transcurriendo nuestros días en Berna, entre frío y paseos por museos para compensarlo. La casa de Paul Klee es otra de las visitas calientes que nos esperan. Y aquí, una vez más, vuelvo a tener la sensación de que las cosas que me atraen acaban, sorprendentemente, teniendo una relación entre si: porque no es casual que a Alvaro le encante Paul Klee y que a mi también me guste, además de Modigliani, Moholy-Nagy o Rothko. Tampoco es casualidad que a Paul Klee le fascinase el teatro como a mi y dedicase una gran parte de su producción artística a las tablas, los actores, el circo… para él la vida real era un gran escenario, algo que también proclamaba nuestro Valle-Inclán… tampoco me extraña entonces que sus dramaturgos preferidos coincidan con los míos: Ibsen, Strindberg, Aristófanes… los dos primeros junto con al gran Chejov también referentes de uno de mis directores fetiche: Ingmar Bergman, genio entre los genios. Hay algo en la estética de todos ellos que los acerca, algo común en su manera de ver y plasmar la realidad, cualquiera que sea el soporte artístico o la época representada, algo que empieza a hacerme entender por qué me cuesta tanto descubrir grandes películas hoy en día, o grandes dramaturgos, y por qué a veces pienso que me hubiese gustado nacer en otro tiempo, cuando hacer cine significaba algo más que llenar asientos de bolsas de pipas y palomitas… Y eso es lo que descubro viajando, que mis héroes tienen sus propios héroes que a la vez son también mis ídolos. Así todo acaba estando muy relacionado y todo tiene sentido… Claro!

Sr. Caracol

Hoy me he subido a un escenario, pero no un escenario cualquiera, hoy he acompañado a una soprano y una mezzosoprano en su actuación ante el selecto público del Zentrum Paul Klee. En ese espacio minimal, rodeados de cientos de cuadros, pinturas, fotografías y recuerdos de uno de los más grandes pintores del siglo pasado, un piano hacía vibrar notas, mientras dos jóvenes voces se acercaban a mi, me tomaban de la mano y me subían al escenario para cortejarme. Una experiencia inolvidable, como la cara de Raquel desde el público al ver que yo les seguía el juego a las guapas suizas.
Bern me tiene encantado. Sí, lo siento! Aunque penséis que mi cabeza es un caos y soy todo desorden, en el fondo me gustan las cosas bien hechas y colocadas en su sitio. Y los suizos tienen eso y mucho más. Este país te da la bienvenida de forma peculiar. Nada más cruzar la frontera una señora te pide 30 euros por un pase anual para las autopistas, después de ponerte la pegatina te da una moneda de 5 francos, unos 3 euros y te dice “bienvenido a suiza, con esto se podrán tomar 2 cafés”. Esto es entrar por la puerta grande! Lo que daría yo por pagar 30 euros al año en España por usar la autopista! si solo con hacer “Casa de mis padres-BCN-Casa de mis padres” me soplan 28!!!
El paisaje desde la carretera es absolutamente invernal. Los árboles están blancos de la nieve y grises de la palidez por no ver el sol hace días. Llegamos al camping un poco tarde y la recepción está cerrada, pero este país nos quiere y una jovencita viene corriendo hasta nosotros y nos dice como colocarnos en el mejor sitio, nos cede un adaptador de corriente suizo y me regala un manojo de folletos informativos con cosas para hacer en su ciudad  además de una guía de campings del país.
Dormimos de fábula y con la calefacción por encima de lo normal. La noche es tan fría que por la mañana vemos que todo está congelado ahí fuera. Desde el depósito de aguas grises, hasta los tubos de los fregaderos, de manera que no podemos fregar platos ni lavarnos los dientes. Todo está helado. Por suerte, los baños públicos son los más limpios que hemos visto hasta ahora, y nos sentimos casi como en casa. Somos los únicos huéspedes de la navidad.
Vamos a Bern en autobús, no queremos complicarnos con aparcar y estamos solo a 8 km. Pensamos que con los 5 francos que nos regalaron en la autopista tendríamos suficiente para el trayecto, pero no es así. El señor conductor nos explica que al llegar a la ciudad lo arreglamos. Aún me acuerdo de los 6km a Oº grados que hicimos andando hace 3 días en Italia porque no teníamos billetes y el “simpático” del chófer no nos dejó subir. Cuando llegamos a la ciudad el señor nos acompaña a la oficina central para que paguemos, pero la encargada tampoco puede aceptar euros. Hablan entre ellos en alemán y en lugar de mandarnos a un banco a cambiar o multarnos como harían en Barcelona, el chófer le dice a la chica “déjales marchar, que disfruten del país”, así que nos vamos de allí sin pagar!
Después de pasar por el banco a cambiar moneda, nos acercamos al Museo de la Comunicación. He leído que hay una exposición temporal de “Las imágenes que mienten”, y es un tema que me interesa. Raquel y yo paseamos por las salas, perfectamente ordenadas, con cara de niños pequeños alucinando con lo que nos llegan a mentir los medios y los políticos. Desde fotos de altos mandatarios totalmente retocadas hasta portadas de revista del corazón con collages fotográficos para que creas que dos famosos son amantes; reportajes de guerra que son mentira… mil cosas que ya “sabíamos”, pero es que en esta exposición están los originales, y claro, cuando ves el antes y el después, se te desorbitan los ojos. Después comprobar embustes nos paseamos por el museo y nos divertimos mandándonos mensajes telegráficos, en morse o hablando con dos latas unidas por una cuerda.
Al salir ya ha caído la tarde y es hora de volver, así que después de saborear unas salchichas en un puesto de la calle, nos volvemos al camping: paseo con Coque, lavandería, cenita y a dormir.











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Europa07: Como, Montorfano, Ainaras y Mozart

La primera vez que vi a Ainara en directo me sorprendió lo intimo de su música. En un local donde apenas nos habíamos reunido treinta personas, a pesar de la calidad de la intérprete, me alegré al comprobar como en nuestro país podía encontrar una voz y un estilo que nada tenía que envidiar a otras muchas cantantes folkies-country-rockeras, o como quiera uno etiquetarlas, que desde hacia algún tiempo me habían conquistado. Además, aquel día allí también estabas tú…

Sra. Caracol

En aquel pequeño local algunos de los asistentes mostraban lo irrespetuoso que se puede llegar a ser con el artista gritando en medio de la actuación mientras la calma de Ainara intentaba sosegar semejantes fieras. Ella solita ayudada de su guitarra consiguió crear un circulo tan íntimo a su alrededor que daba la impresión de estar sola en la sala. Pero los que la queríamos seguir sabíamos que no lo estaba, que sus notas inundaban todo el espacio y nos acariciaban mientras sus labios hablaban de amores lejanos…
La casualidad forzada hace que un año y medio después volvamos a reunirnos con Ainara en Como, casi en la frontera Italo-Suiza. Y a pesar de los grados bajo cero, de la nieve, de repetir país en este viaje y de mil peros más, esperamos impacientes esta voz suya. Cuando por fin llega me vuelvo a encontrar con sus ojitos de niña traviesa dispuesta a enamorarnos de nuevo con su guitarra y con la mantita patchwork donde la trae envuelta desde Madrid. El ampli viaja en la maleta azul y el resto está en su garganta, en su cabeza, en su alma… porque desde hace un año y medio Ainara es nuestro ángel, ella sabe bien por qué… por eso y porque nos encanta su música no podíamos dejar de acompañarla. Lo mismo que Ana, que la conduce por toda Italia para traérnosla sana y salva, a pesar de los italianos… ( los tópicos al volante aquí se confirman).
Hoy en Como el concierto es doble, el entrante comienza en una tienda de discos. Ella se prepara afinando las cuerdas, sonriendo, saludando… y de pronto sus notas llegan de nuevo… y de nuevo me vuelve a pasar como la primera vez, que me parece que se nos ha marchado muy lejos a pesar de tenerla delante y que al irse, nos deja su voz como reflejo de su alma. No somos muchos pero no importa, estamos acostumbrados. Además nos regala temas nuevos aún inéditos, así que esto es un tesoro para los que no podemos con los conciertos multitudinarios.
El segundo plato llega después de una cena con espaguettis y ragú acompañada de lagrimones de la risa recordando anécdotas y aventuras del pasado. El local ahora es agradable y acoge cálido la voz de ella. Unos cuantos se recuestan en los sillones, otros se acercan tímidamente con sus sillas, nosotros la intentamos retratar a pesar de la falta de luz: Ana, Álvaro y yo dudando entre velocidades y diafragmas. En el lado izquierdo de la escena un chelo como acompañante improvisado. Así transcurre otra velada, con la música de esta artista que nos evoca carreteras, espejos y sueños pasados. Con su voz ahora clara y fina, ahora fuerte y personal como pocas. Y con nosotros, sus amigos, escuchándola de nuevo, recordando la primera vez y confirmando la suerte que hemos tenido de haberla conocido.

Sr. Caracol

No me gusta mirar atrás, pero esta vez volvemos a Italia para ver a la amiga Ainara en concierto. La esperamos 4 días en Montorfano, un pequeño pueblo cercano a Como, una ciudad encantadora al lado de un lago. Aprovechamos para descansar un poco, ahora se empieza a notar el peso del viaje, y la horrible sensación de estar volviendo puede con nosotros.
Si me quedé con una sensación de Italia de país postal, ahora se multiplica. Vale que Venecia es preciosa, que Pisa perfecta para recorrerla en bici y Florencia todo arte, pero Como caso las supera.
Coque disfruta con la nieve y su jersey nuevo mientras Raquel pasa horas haciendo manualidades en la casa caracol… las cortinas han quedado de muerte!
Los conciertos de Ainara, como siempre “psicotrónicos”, que no es lo mismo que “psicotrópicos” y si cada concierto lo recuerdas por algo, este será “aquel concierto en el que un hombre entró en la tienda de discos a pedir algo de Mozart mientras empezaba a sonar Each day a lie”.






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Europa07: Venecia, restaurantes caninos

Desde niña había soñado con ir a Venecia. Algo en la idea de canales recorriendo la ciudad y góndolas de enamorados paseando por ellos me atraía enormemente… y ahora se por qué!

Sra. Caracol

Aunque nos recibe nublada y polar, el invierno apenas consigue afearla. Rojos, verdes, ocres, añiles y mil matices entre ellos enmarcan las paredes de los edificios, cada cual más bonito. Cada vez que giramos una esquina aparece otro y otro más allá todavía más romántico que el anterior, con ventanas de madera milenaria y portales regios. Además está el arte, que lo invade todo en forma de catedral, iglesia, estatua, galería, exposición, concierto, teatro, museos… la cultura se lanza en busca del visitante y miles de ofertas diversas inundan paredes de cafés, cristales de librerías o marquesinas publicitarias. Aquí se puede elegir. Pero sin duda lo que más llama mi atención es la falta de ruido… tan solo el murmullo de los cientos de personas que inundan sus calles al pasear o el ladrido de algún que otro perro que se enfada con Coke en nuestro paseo. Y es que aquí no hay coches, ni pitidos, ni humo, ni semáforos… los canales aparecen tranquilos, a veces surcados por alguna embarcación. Tan solo los principales acumulan mayor trabajo con la afluencia de turistas. Así que, por una vez, tengo que reconocer que me encanta una ciudad, me encanta su ambiente navideño, me encantan sus calles llenas de gente inaugurando el fervor consumista, me encantan los puestecillos de adornos artesanales y productos gastronómicos de la zona… un par de chorizos y de fuets se vienen con nosotros para aderezar las habichuelas que nos comeremos mañana! Y esto también me encanta!
Pero sin duda lo que más me gusta es encontrar un restaurante donde una pegatina en la puerta nos indica que los canes son bienvenidos, así que por una vez podemos comer los tres calentitos. Varios perros más acompañan a sus dueños tumbados en el suelo y los camareros les acercan agua para que la espera se haga más llevadera. Nuestro Coque se porta como un auténtico lord inglés y sus buenos modales nos sorprenden a todos! Es tan mono!
A cada paso gondoleros con jerséis a rayas ofrecen viajes en estas vetustas de madera negra, que para la ocasión se visten con cojines rojos y alfombras venecianas. Pero el precio es prohibitivo para nosotros!
A medida que cae la tarde la presencia del agua se hace más y más evidente, y una humedad de hielo empieza a subir de los canales adheriéndose a nuestros huesos con rabia. Es hora de retirarse ahora, hasta mañana que la volveremos a recorrer entera.



Coquino, el can

Creo que ya hemos empezado a volver a casa, los olores cada vez me resultan más familiares. Ahora toca Venecia, una ciudad llena de encantos, hasta para los canes. Paseamos por ella despacito, mi mamá está encantada con todo y se distrae haciendo fotos con su recién heredada cámara. No tenía yo suficiente con uno, que ahora son ambos los que se detienen cada dos por tres… yo cuando me canso empiezo a tirar de la correa hasta que oigo un: “mierda, coque, que me sale movida!” y me parto de risa por dentro.
Hace frío, mucho frío, el papastro ha calculado mal la ropa y se está helando, así que acabamos en un restaurante canino. Si, mi gran sueño; un restaurante donde me saludan al entrar unos señores con delantal blanco (soy listo y se que no es el veterinario). Mientras unos miran la carta para decidir, yo miro a otras perritas que han sacado a sus dueños a pasear, y un camarero me trae el menú. Me encanta esta ciudad.
Llegamos a la autocaravana tarde y mi cuerpo esta destrozado, así que mañana me dejarán todo el día solito mientras ellos se van a ver cuadros a un museo.

Sr. Caracol

Humedad. Talleres Fiat. Japonesa asustada con palomas. Canales con gondolas a 80 euros la hora. Cuadros de Kandinsky, Klee y De Chirico. Un árbol de Yoko Ono. El árbol en la tumba de Peggy Guggenheim enterrada junto a sus más de 20 perros. Decenas de botes de Nutella. Una nevera llena. Volver. Restaurantes caninos. Paris, Texas.





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Europa07: Tolmin, Vrsno, niebla y paz

Eslovenia es un polo con sabor a árbol. Después del espejismo veraniego en Croacia hemos llegado al invierno navideño casi de golpe. Luces de estas fechas adornan las calles de Ljubjliana mientras los universitarios celebran los últimos exámenes antes de las vacaciones.

Sra. Caracol

Recorremos puestos de comida y regalos mientras nuestros dedos apenas reaccionan al cambio de temperatura. Es hora de enfundarse los gorros y guantes y respirar dentro de la bufanda!!
Cerquita está Tolmin, pequeño pueblo de veraneo, con río turquesa pintado al agua que le acompaña en toda su extensión y se pierde en las montañas, el río Soca.
Más arriba todavía hace más frío y además se esconde Vrsno, el pueblo de la niebla y los árboles misteriosos, de las iglesias de otra época, de los animales en las colinas, de la vida en paz. Amigos nuevos con vidas pacíficas y excursiones al bosque llenan nuestro tiempo ahora. Con este frío da miedo inspirar fuerte, parece que se te van a congelar los pulmones! Pero el bosque respira a pesar del hielo y la nieve. Le observamos abrumado, después soleado y también, casi blanqueado cuando al fin llega la nieve. Unas navidades blancas eran todo lo que yo quería!
El aire puro parece visible cuando se van las nubes y después de unos días ya no tememos a los grados bajo cero. Más bosques y colinas de cabañas adorables, y más fotos por la mañana con la bruma hasta perdernos en la más densa. Coque apenas siente sus patitas!
El lugar perfecto para vivir en tranquilidad es este, sin duda. Por eso nos da pena separarnos de él, decir adiós a Tania, Zoran, Tadej, Tamara, Thomas y al pequeño Liam… Esta vez sí sabemos seguro que volveremos!

Sr. Caracol

Descubrir nuevos países donde vivir. Visitar a una vieja amiga. Conocer a una nueva pareja. Visitar el nacimiento del río más bonito que uno pueda imaginar, el Soca. Grabar el sonido de las campanas en lo alto de una montaña. Fotografiar ciervos. Introducirte en decenas de cuevas que fueron búnkers en la Primera Guerra Mundial. Caminar durante horas por un bosque. Ver cementerios de antiguas batallas. Andar entre las nubes y buscar a Coque. Estar por debajo de Oº grados. Recibir regalos. Comer en un buen restaurante. Hacer de canguro. Soñar casas que reconstruir. Coger un buen tronco para hacer un Didjeridoo artesanal. Leer “Bodas de sangre” de Lorca del tirón, una noche de insomnio. Ver películas de Truffaut. Descubrir cientos de nuevos artistas folkies. Soñar con futuros documentales y cosas que contar.














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