Por mucho que os cuente, por mucho que leáis, por muchas Lonely Planets en las que tiréis el dinero jamás sabréis de la belleza de esta cercana región de Francia si no la pisáis. Y sí, lo reconozco, he sido víctima del fanatismo kilométrico y en otras ocasiones he preferido irme lejos, muy lejos, sin ni siquiera haber visitado antes el vecino valle del Lot y la Dordoña.
Sr. Caracol
Un proyecto audiovisual con el que hemos soñado durante mucho tiempo nos ha traído hasta aquí, al sur de Francia. Del proyecto nos os puedo hablar todavía, pero lo haré. Lo que si os avanzo es que vamos a estar un mes viajando por Europa captando la belleza de pequeños lugares y disfrutando con la magia que nos hacen sentir las culturas, distintas formas de vida y espacios naturales.
Después de un trayecto de dos días llegamos a nuestro destino. Tomamos Cahors como punto de partida y aquí pasamos nuestra primera noche. Esta ciudad acogedora y amable tiene un puente declarado Patrimonio Mundial de la Unesco, el Pont Valentré, pero qué queréis que os diga, prefiero pasear por su casco antiguo e imaginar el interior de las casas, las vidas que habitan y habitaron, y oler el pan recién salido de la Boulangerie.

Nuestro primer destino matinal es Saint-Cirq-Lapopie, un pueblecito colgado de las rocas como tantos en esta región. Supongo que utilizarían el río como defensa y se colgaban de las paredes para sentirse protegidos, a pesar del peligro de vivir casi desafiando a la gravedad. Pero claro, a Newton aún no se le había caído la manzana. En esta pequeña población se nos confirma la ley de que hay que madrugar. A medida que la mañana avanza empiezan a llegar guiris como nosotros y la magia se pierde por completo. Nos escondemos en una pequeña iglesia y allí pasamos más de una hora jugando con las luces, con los reflejos, con las maravillas cromáticas que regalan las cristaleras.



Decidimos seguir el curso del río Lot por una carreterita que lo acompaña durante un buen tramo. Cada casa, cada rincón, es un regalo para los sentidos. No sé si decir que los franceses tienen un gusto exquisito o que los españoles somos unos horteras. Aquí, cada jardín, cada portal, cada ventana, está sacada de un catálogo del buen hacer arquitectónico. En tres días de viaje, no veremos ni un solo cartel de “Inmobiliaria” o “Nuevo proyecto” o “Aquí está la casa de tus sueños”, engañabobos que nos ha llevado a lo que nos ha llevado. Pero lo curioso es que tampoco veremos, por ejemplo un solo coche de policía, o un urbano… esta región parece un mundo utópico construido por un dios que no existe.


Atravesamos, Crégols, Calvignac y Larnagol hasta llegar a Cajarc, donde coincidimos con el mercado semanal y compramos una fruta exquisita y un queso desaparecerá más rápido que el rastro oloroso que deja en el ambiente. Si tengo que recomendar algo, sin duda serán los melones pequeños y característicos de la región.
Visitamos el castillo de Larroque Toirac y subimos por la carreterita que va a Carayac hasta llegar a Espagnac Sainte-Eulalie, donde el cielo empieza a tornarse gris y en pocos minutos el sol desaparece por completo. El agua empieza a caer con toda su fuerza. Sabemos que la jornada de rodaje está perdida y que ya no tendré la hora mágica con el sol azotando las fachadas de piedra o los campos de frutas multicolor, así que volvemos a Cahors para hacer noche junto al río.

La mañana despierta soleada, así que nos lanzamos a la carretera con dirección a Rocamadour, uno de los pueblos supuestamente más bonitos de Francia. Se dice que este pueblecito es la joya de la corona, pero al llegar, uno descubre lo que imaginaba, que nos lo podríamos haber saltado y no habría pasado nada. Este pueblo, convertido en Port Aventura no tiene nada, absolutamente nada que no tengan los demás, bueno, miento, tiene un espantoso tren turístico que te hace el recorridito, y las calles principales están invadidas de comercios que te venden lo mismo que el “chino” que hay debajo de tu casa en Sabadell, Madrid o la Barceloneta. Pero el ser humano es idiota, y todos acabamos tomando un helado malísimo como los del McDonalds, pero que aquí vale 4 euros, y comprando una cinta para el pelo, o un sombrero de Cowboy, que resulta que hace calor y va muy bien. Ah, no te olvides de comprar una brujita, que resulta que son típicas de la región y no la podrás encontrar en ningún otro lugar del mundo. Salimos de Rocamadour espantados y subimos hasta una colina donde poder tomar un plano general, fuera ya de esta tienda-espantosa-con-un-escaparate-precioso. Compañeros, os podéis saltar Rocamadour, y seguir vuestro viaje felizmente.

Desde aquí sale un circuito que se llama el “Circuit des Merveilles”, pero si lo esquivas, descubres que Francia sigue siendo maravillosa. Por la tarde aparecemos en el Gouffre de Padirac, una cueva que “no hay que perderse”, pero claro, cuando llegamos y vemos la cola que hay, que me recuerda a la del pabellón de Japón en la Expo de Sevilla del 92, decidimos tomarnos la tarde con calma, dormir allí y entrar a las 8,30h de la mañana. Acertamos, absolutamente, y a todos los que vayáis hasta aquí con vuestra casa a cuestas os pediría por vuestra salud que hagáis lo mismo. A primera hora de la mañana me han recibido con simpatía por ser el único visitante, aunque también he pagado el precio de la indiscreción: me han hecho dejar las cámaras porque supuestamente está prohibido grabar y hacer fotos, y según ellos mi cámara de vídeo es demasiado grande. Después de mis dudas de si entrar o no entrar, puesto que en el fondo estoy aquí para trabajar, decido entrar sin cámaras, disfrutar de esta joya de la naturaleza y de paso dejo que Raquel duerma un poquito más. Empiezo mi visita y descubro a los primeros visitantes disparando con sus teléfonos móviles y sus preciosas cámaras, así que me peino un poco y subo a hablar con el jefe. Después de explicarle cuatro cosas me han dejado grabar y hacer fotos todo lo que he querido. No os voy a contar lo bonito o espectacular que es, no hay palabras para explicar sensaciones extraterrestres como esta. La naturaleza es muy bonita, y por suerte la que se esconde bajo tierra aún conserva un porcentaje de autenticidad. Al salir doy gracias a Alá por haberme despertado a las 7 de la mañana… ahora la cola es tan larga que la gente está invadiendo la carretera y un tipo les avisa que tardarán unas 5 horas en subirse a una de las barquitas que recorrerán las cuevas subterráneas.

Después de un desayuno exquisito con el melón como protagonista salimos hacia Saint Ceré, una pequeña ciudad que tiene casi de todo y en la que repostamos la nevera. Desde allí visitamos Saint Jean-Lespinasse, Autoire y Loubressac. Me doy cuenta de que tanta belleza junta, al final cansa. Hay tantos castillos, tantas flores, tantos pueblos “Plus beau village de France” que necesitas un respiro de vez en cuando, así que en Carennac dejo a Raquel paseando por las calles y disfrutando de la Fiesta de la Ciruela y yo voy a alquilar una canoa para recorrer algún tramo del río Dordogne y conseguir algunos planos diferentes. Con la cámara escondida en un bidón estanco me alejo unos metros río arriba hasta llegar a un ensanche donde los patos descansan en paz. Soy el único habitante humano de las aguas y me deslizo suavemente mientras intento estudiar una coreografía para poder remar y grabar a la vez, intentando que la canoa se mueva lo mínimo y que la cámara no caiga al agua. Al volver a tierra, el encargado, al que llaman l’Hermitage, decide que no me cobra ni un solo céntimo por mi paseo, así que compartimos unas risas y me voy de allí más fresco y contento de lo que llegué. Recojo a Raquel en Carennac y deambulamos por carreteras pequeñas hasta llegar a Lacave. Allí decidimos cerrar esta región en la que podríamos quedarnos a vivir. Mañana debemos salir hacia Luxemburgo donde nos esperan nuevos rincones…








