{los viajes del caracol}

San Roc en Alaró

Las fiestas de San Roc son las populares de mi pueblo natal en Tarragona, pero también las de Morgadans, la aldea donde vivo… este año no las celebro ni en un sitio ni en otro. Me encuentro en Alaró, en el interior de Mallorca para conocer a los “Cossiers”…

Dicen que para disfrutar de verdad de una fiesta popular mejor asistir con gente del lugar que te cuente los secretos. Nosotros tenemos la suerte de estar con los recién conocidos Agnès, Ariadna y Toni que nos van a hacer de anfitriones de esta gran fiesta de color y música.

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Es lunes por la mañana, llegamos a Alaró con Joan Pau y Neus para encontrarnos con el resto de amigos. De fondo escuchamos un instrumento desconocido, pronto descubriremos que son un xeremies y un fabiol creando unas melodías alegres y festivas. Entre el montón de gente veo a los protagonistas de la fiesta, los “cossiers” . Estos danzarines tan simpáticos son una dama, tres parejas y un dimoni. Todos ellos son jóvenes vestidos con faldas de una belleza tan grande que lo que aparentemente tendría que ser ridículo se convierte en elegante. Se acompañan también de unos pañuelos y abanicos que utilizan como complementos durante la danza. Después de cada “paso” revisan todo su atuendo con precisión.

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El espectáculo se da por las calles del pueblo y siempre frente a las puertas de las casas de gente especial, ya sea el alcalde, el párroco, las casas de los propios cossiers… y en cada una de ellas, después del baile entran a beber y comer mientras el resto de mortales esperamos fuera deseosos de más.100816_festes alaró_011.jpg

Enhorabuena a los cossiers que han luchado por esta hermosa fiesta que algunos prohibieron. Enhorabuena a la dama de este año por ser su primera vez y llevar el baile con tanta belleza. Enhorabuena a Agnès por el pollo relleno tan rico del final de fiesta!


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Atura en carro que vull baixar…

Si no me lo han explicado mal, la última vez que vine de vacaciones a Mallorca fue en el 78, el verano que di mis primeros pasos. Ahora he vuelto con Nanook, que está empezando a gatear…

Una vez vendida la autocaravana se nos ha presentado la oportunidad de viajar a destinos que antes, por razones de logística, teníamos descartados. Para este verano hemos decidido disfrutar un poquito de las Baleares y pasar unos días en Mallorca y Menorca.

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Hoy vamos a empezar la jornada visitando la Serra de Tramuntana y algunos de sus pueblos. Acompañados de Joan Pau y Neus, y montados en una vieja furgo Volkswagen ponemos dirección a Valldemossa, población conocida por haber tenido a Chopin como huésped durante los últimos años de su vida, aunque ahora se la conozca más por tener a Michael Douglas como vecino vacacional.

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Las calles de la pequeña población están llenas de banderolas de fiesta mayor. Es curioso enterarse que son todas blancas porque casi siempre llueve en estas fechas y las banderolas de colores desteñían y acababan chorreando de tinta a los visitantes. A veces lo funcional hace mejorar lo estético sin que nadie se de cuenta.

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De Valldemossa salimos hacia Deià mientras los rayos de luz empiezan a teñirse de dorado. En estos pueblos todavía puedes respirar un poco de paz mientras la gente está apelotonada en las playas buscando un metro cuadrado para colocar su toalla y esta población es mucho más tranquila que la primera. De Deià salimos hacia la Punta de sa Foradada para disfrutar de una puesta de sol de verano. El sol, enorme, se esconde tras el mar, casi una hora y media antes de lo que lo hace desde la ventana de nuestra habitación en Galicia.

La vuelta la hacemos cantando canciones a Nanook, canciones de nuestra infancia, y canciones medio inventadas, pero la que más le gusta al peque es una popular de taberna que nos ha enseñado el mestre Joan Reig durante las decenas de pruebas de sonido que hemos soportado junto a él.

Atura el carro que vull baixar perquè tinc ganes d’anar a cagar.

Caga’t a la gorra Bartomeu, caga’t a la gorra a fe de Déu,

caga’t a la gorra que tot el que caguis serà teu.

(La Jota del Peix Barato, tradicional catalana)

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Desconectar de la desconexión. Cáceres, Sierra de Gata y Los Barruecos.

Puedo parecer masoquista, o un poco aburrido, pero cuando quiero desconectar de la vida en la aldea, cuidar el huerto, pasear con Nanook entre eucaliptos, y el cantar de los pájaros, solo puedo ir a un sitio similar. No sé si lo normal sería meterme en Londres o New York para tener la dosis de tráfico, luces de neón y olor a asfalto necesaria para sentirme un ser humano. No puedo.

Hemos bajado unos días a Cáceres y la Sierra de Gata. El entorno es tan diferente a nuestro día a día que el entretenimiento visual está servido. Cáceres ciudad, además, ofrece una particularidad que me parece exclusiva ya a pocas ciudades de este país absurdo: no está rodeada de polígonos industriales, carrefoures, leroysmerlines y buffalosgrilles… y sin salir de la propia ciudad, aún puedes ver espectáculos como éste que os muestro en las fotografías con los caballos. En Los Barruecos Nanook sigue mostrando fascinación con cualquier planta que se mueva su alrededor. Puede estar horas observando una encina mientras comemos debajo de ella. Y las cigüeñas que planean sobre su cabeza se convierten en un divertimento inusual. Este lugar es tan extraño como la primera vez que vine. Cualquier amante del arte moderno y la naturaleza tiene que visitarlo alguna vez.

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Albi, obra maestra del Tarn

Después de abandonar las Gorges du Tarn, descubrimos que esta preciosa ciudad en la que hemos dormido fue construida con la arcilla creada por el río que tan enamorado nos tiene…

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{escucha al músico ambulante del mercado de Albi mientras lees el texto}

Llegamos a Albi por casualidad. Es hora de parar a dormir en nuestro viaje de vuelta a casa después de pasar varios días en la región del Lozère. Esta ciudad parece demasiado grande para nuestro gusto, pero ha aparecido en mitad del camino, así que no negaremos al destino la oportunidad de conocerla.

Al amanecer, durante un paseo rápido por sus calles para hacer los servicios de los perros descubro que hemos dormido a los pies de la preciosa catedral roja y particular de esta encantadora ciudad francesa. Mujeres sonrientes en bicicleta me dan los buenos días mientras se dirigen al mercado a comprar las mejores frutas y verduras. Decido que debemos pasar la mañana aquí y que nuestro viaje de vuelta a casa puede esperar. Raquel está de acuerdo.

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Lo primero que siente uno al caminar por las calles de Albi es que está en Pisa o Florencia. El color de la piedra, la distribución de las casas, el ambiente de los vecinos… todo recuerda a estas ciudades italianas. Poco a poco, uno se va dando cuenta que está en Francia. La elegancia de los interiores, los detalles cuidados hasta límites insospechables, la limpieza…

La melodía de un músico callejero nos lleva hasta un mercado colorido, simpático, lleno de productos de la tierra. Notamos que ya ha empezado la Semana Santa. De la soledad del Aubrac pasamos al bullicio de las calles llenas de turistas y viajeros como nosotros que se han sentido atraídos por este lugar, o que quizás también han llegado aquí por casualidad.

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Viajando en primavera por la región del Lózere

Volvemos a cerrar círculos concéntricos, volvemos a la tierra que nos enamoró hace años… volvemos, pero no venimos solos.

Las Gorges du Tarn siempre nos han recibido en Otoño. Esta vez, una recién estrenada primavera es la que nos da la bienvenida. Aunque aún es pronto, o realmente el clima se está volviendo loco, pero no hay flores, no hay colores que nos sorprendan, pero sí la paz que siempre reina en estos cañones de piedra y agua.

Después de hacer el precioso recorrido desde Millau hasta Ste. Enimie, despacio, saboreando cada pueblo, durmiendo a pies de castillos, decidimos no salir por Florac como marca la ruta. Esta vez, pensamos en subir un poco más hacia el norte e investigar nuevos recorridos, nuevos paraísos de piedra, nuevos rincones que hacer nuestros para siempre.

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El atardecer nos sorprende en el Lac de Ganivet, un lugar de veraneo que hoy nos tiene solo a nosotros como huéspedes. Empieza a hacer frío. Nos escondemos en nuestro refugio. Durante la cena oímos una tormenta que se acerca. Contamos el tiempo que separa al rayo del trueno. 6, 4, 2… 0. Llega un momento que la tormenta está sobre nosotros. Oímos una explosión junto a los árboles. El interior de nuestra casita de papel se ilumina por fracciones de segundo. Nos dormimos.

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Despierto pronto, como siempre, y aún tengo el eco de los truenos en mis oídos. Miro por la ventana. Algún dios enfadado nos ha cambiado de lugar o la riada nos ha transportado cientos de kilometros al norte. Está todo blanco, totalmente blanco. Un manto de nieve cubre el suelo, la orilla del lago, los árboles… Disfrutamos del lugar, paseamos por este nuevo paisaje, y nos preguntaos como puede cambiar tanto un lugar en una noche. La naturaleza tiene estos secretos.

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Llegamos a Aubrac. Durante el recorrido la mezcla de los campos verdes primaverales con el blanco invernal y la luz cálida de la tarde han creado un entorno de ensueño que sé que no se repetirá jamás. En este pequeño pueblo, con apenas cuatro casas y tres restaurantes dormiremos varias jornadas. No hay nadie, absolutamente nadie. Los lagos que hay a los alrededores de la pequeña villa son una excusa perfecta para quedarse varios días. No hace falta más.

Un par de peregrinos, cargados con pesadas mochilas y plásticos para protegerse de la lluvia y la nieve pasan cerca nuestro. Por aquí pasa el camino de Santiago. Nos preguntamos si estos modernos caminantes aguantarán los más de 1000 km que separan estas frías tierras del final del trayecto. Nunca lo sabremos. Coque y Titina suben a un cruceiro y huelen en la misma dirección en la que los caminantes han marchado. Es la dirección que lleva a nuestra querida Galicia.

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Es hora de marcharse, de volver, después de 10 días de convivir con la nieve, con la soledad, con el frío, con el amor… pero volvemos sobre ruedas.

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