{los viajes del caracol}

Costa de Pontevedra

Miña Terra Galega nos ha recibido de muy buen humor, recuperada después del temporal de Enero, así que la auto se dispone a recorrer el litoral de la ría Pontevedresa en 36 horas.

Sra. Caracol

Todo sigue igual que hace un año cuando emigré a Cataluña, todo excepto yo misma, que me siento otra. Quizás este año el sol de Enero calienta más de lo normal…el temible calentamiento global, sin duda… y quizás han aparecido algunos edificios nuevos aterrorizando al mar, la especulación urbanística en este caso. Pero lo cierto es que no me la han cambiado, está como siempre, llena de contrastes y de buenas gentes, de comidas exquisitas y calas inolvidables. Y a eso vamos. Buscamos una especial donde ver la puesta mas bonita del mundo según muchos; una cerca de A lanzada, playa de hormigas surferas y vientos perennes.
Nuestra anhelada aparece cerca de O grove, pueblo al que el año pasado acudí como Praxágora con Skené Teatro y que hoy redescubro con una gran cámara al cuello.
El pasado me silba al oído canciones de ayer mientras mi vista apunta al futuro intentando dilucidar si se cumplirán o no todos nuestros sueños. Y mientras los invoco cruzando los dedos llegan los naranjas y dorados en procesión cromática sobre el mar. Encima de una roca, espiando con mi objetivo a estos piadosos colores dirigirse a una muerte segura, me maravillo ante lo inevitable y pienso en la suerte del “Principito”, que con solo mover una silla podía disfrutar de esta performance cada minuto del día. Ocupo la primera linea en este funeral de luz y color junto a un grupo de gaviotas que han pagado por un palco mejor que el mío. Despacio, inevitablemente, la nada va engullendo al siempre protagonista de esta historia. Lentamente el ahijado de Ra se relaja dejándose mecer por un mar difuminado en la bruma. Y en unos instantes de aguantar la respiración… ya está aquí la espera azabache! la espera de silencio antes de recibirle de mañana en una nueva cala. En Galicia la puesta es tardía y embriagadora, pero la bienvenida llega rezagada. Las nueve de la mañana nos retrasan una hora con respecto a nuestros vecinos del otro lado, los catalanes. Aquí ganamos en ocasos pero seguro, perdemos puntos en la alborada. Aún así, la cala de Area Grande nos permite ver el naranja rebotar y rebotar entre los árboles, cogiendo impulso en cada bajada para poder elevarse un poco más alto cada vez, hasta convencernos de que hoy también estará en plena forma.
Unas gaviotas hacen de testigos de excepción mientras se remojan en el plata recién iluminado, mientras unos hombres rana que emulan movimientos anfibios desaparecen en el mar ante la sorprendida mirada de Coke. Y nosotros, felices por saludarnos de nuevo esta mañana, emprendemos camino hacia Cambados y A Illa de Arousa. Turísticos por un momento comemos pulpo después de mil años y qué rico que sabe!
Aún insaciables llegamos a una nueva conquista en Portonovo para relajarnos y disfrutar de nuestro restaurante de cuatro ruedas. Y me tumbo en la arena y recuerdo. Y me tumbo en la arena y olfateo mi casa. Y me tumbo en la arena y veo gentes de Domingo y perros y niños corriendo… y mares de sueños. Y por fin, me tumbo en la arena. Y por fin, me duermo.

Sr. Caracol

35 grados de diferencia separan esta salida de fin de semana con la última que hicimos. Si, estamos a 25 grados, y en Alsacia los termómetros llegaron a marcar 10 bajo cero.
Deseábamos hacer una escapadita con la auto por las tierras gallegas, donde estamos viviendo desde que volvimos del viaje. Aún no habíamos probado el caracol en pequeños recorridos y es que somos unos inconscientes: el día después de comprarla salimos pitando rumbo Grecia, Croacia, Eslovenia… y todos esos países por los que nos habéis seguido muchos de vosotros. Ahora vamos a hacer las cosas un poco más despacio.
Por recomendaciones de algunos amigos foreros ponemos rumbo a O’Grove, a solo una horita de casa. Decidimos no tomar la autopista para que yo pueda ver la costa galleguita. Raquel se convierte en una guía turística perfecta y en la posición de copiloto me va narrando todo lo que pasa por el camino: aquí se come muy bien, aquí se casó una amiga, aquí hay una calita divina…
Llegamos al lugar indicado fácilmente. Es un caminito de piedras que lleva a una playa pequeñita. Yo, acostumbrado a las costas mediterráneas, todo esto me parece solitario y paradisíaco. Aparcamos la auto sin problemas, a 5 metros del mar. El sol está a punto de caer y salimos a su caza. Por el camino me encuentro con un fotógrafo y paso casi una hora conversando con él, compartiendo trucos, secretos y piques sanos entre nuestras cámaras.
La cena vuelve a ser ligera y romántica como estos últimos meses. No nos hemos olvidado nada para este pequeño viaje de 2 días: incienso, velas, buena comida, perfecta compañía e insoñable lugar.
Ya en la cama saboreamos libros y revistas hasta caer rendidos.
Es pronto, el sol entra por las ventanas y nos despierta. Estamos en una playa que si anoche era perfecta ahora se sale. El sol ilumina poco a poco las rocas y la tierra, y un grupo de gaviotas juega en la orilla. Como si fueran bañistas entran y salen del agua aprovechando su soledad y la ausencia de humanos.
El sol es tan rico que nos permitimos pasar un par de horas en la playa leyendo el periódico y sus suplementos. Creemos estar en primavera, pero aún es invierno.
El resto del día lo pasamos de playa en playa, de isla en isla volviendo a casa lentamente, confirmando lo que ya sabía, que Galicia me espera para conocerla, si cabe, tan bien como conozco mi Catalunya.





Escrito por sres.caracol en escapadas y tiene Ningún comentario todavía

Escribe tu comentario

Por favor rellena esto y escribe tu comentario
Nombre
Email
Website
Escribe tu comentario