{los viajes del caracol}

pueblos blancos

Sra. CARACOL

En el “Mundo de Oz” su protagonista Dorothy, siguiendo las instrucciones del hombre de hojalata, seguía un camino de losas amarillas en busca del mago que la ayudaría a volver a su casa. Por desgracia nosotros ya somos un poco mayores para hablar con espantapájaros, pero esto no me impide seguir creyendo en la magia y en la ilusión de los cuentos así que soñandome la heroína de uno de ellos y siguiendo los consejos del chamán Alvarado, escogemos el camino de los pueblos blancos, eco de recomendaciones turísticas en todas la guías de España, para jugar a castillos y cuentos andaluces.
Escapando del calor marbellí la furgo serpentea acalorada y renqueante a medida que nuestros ojos exprimen los últimos rayos de un sol mandarina que me ciega detrás de cada curva de la Serranía de Ronda. Con las últimas gotas conocemos a la dueña de tantas montañas y aunque no nos detenemos, nos enamoramos enseguida de esta población llena de rincones perfectos para el paseo. Mientras circulamos por sus calles pienso que no me importaría nada vivir en esa nueva Ronda, lejos de las que ya conozco, Litorales y Meridianas atestadas de coches gritones cada mañana.
Pero aún queda mucho camino y tenemos que encontrar un lugar tranquilo para dormir. Morfeo escoge por nosotros y nos coloca en Setenil, primera piedra blanca y mora de nuestro camino, resistente a siete ataques cristianos. Las luces nocturnas del pueblo nos permiten intuir una visita madrugadora interesante, así que nos esmeramos con la cena, que esta noche tenemos invitados a los que convencer de que no somos tan hippies como dicen por ahí…
Tras confirmar con el primo Juan que la furgo es mejor que un restaurante de cinco tenedores, entramos en el negro de los sueños. Pero esta noche Coke se ocupa de recordarnos que los perros también se ponen malitos de vez en cuando y su barriga le obliga a despertarnos a intervalos de pesadilla para abrirle la puerta.

Finalmente llega la mañana y con ella el ansiado paseo por las casas-cueva, que excavadas en la roca se esconden de nuestras curiosas ojeras. Me sorprende los frescas y oscuras que parecen y una vez más me maravillo ante la capacidad del ser humano de adaptarse al medio que le rodea…Tras las fotos de rigor, o testimoniales, como dice el primo Juan, seguimos avanzando hasta nuestro siguiente elegido, Olvera, que a estas horas ya exhibe un sol alto y generoso que hace imprescindible un cafecito con hielo en una terraza solitaria. Recuperados del impacto térmico podemos enfrentarnos a sus cuestas encaladas, pero el esfuerzo es en vano. Nuestros jadeos nos convencen de que estas calles no esconden demasiados caramelos, así que movemos pieza hacia un nuevo un escaque. Eso si, antes de irnos, un obrero impoluto, uniformado del color de las paredes que pinta, nos confirma lo que muchos llevan gritando desde hace mucho tiempo: QUE EL CHE VIVE!!!
Tras el subidón revolucionario nos reclama un mullido Algodonales, obligatoriamente blanquísimo para hacer honor a su nombre. Nada mas bajar de la furgoneta me invaden sensaciones de mi infancia y recuerdos de mis años pasados en Andalucía, el olor a jazmín y azahar y la luz siempre protagonista. Nuevas paredes albinas nos acogen y nos sirven de escenario de nuevos personajes: geranios faralaes en las paredes, perritas casaderas para Coke y viejetes “cantores” que hacen que olvidemos todas nuestras ralladuras laborales.
Para el almuerzo de esta jornada escogemos las orillas del embalse del Gastor aderezado con guiris en canoa y restos de bosques milenarios anegados por las aguas, un lugar lo suficientemente tranquilo como para acunarnos en una improvisada siesta veraniega. Mis pies lo agradecen y se duermen tranquilos después de refrescarse en las aguas del pantano.
La cercana Zahara promete un buen cafecito activador y un Castillo-mirador alto-alto para fotografiar tejados. Por desgracia o por las fechas estivales, tanto monta monta tanto, la sobremesa terracera está atestada de turismo cinquentero y no queda ninguna sombra generosa donde evaporar la digestión, así que fotografiamos rápidamente las camas de gatunos y partimos hacia Grazalema con el aire acondicionado saliéndose por bulerías.
Nuestra siguiente musa nos recibe con calles empinadas, casas soñables para comprar y restaurar y fuentes generosas que reparten agua por los cuatro o los siete caños. Una vez más siento la simpatía andaluza en los rostros de los vecinos y mi mente me imagina instalándome en uno de estos barrios y conversando con ellos en el parque, en la carnicería o al comprar el pan.
El sol poco a poco nos da una tregua y nos susurra que más adelante nos espera un paisaje salpicado de marrones y verdes arbolados, el Parque Natural de Grazalema, que pone a prueba nuestros conocimientos (ínfimos en mi caso) ornitológicos. Entre vuelos de buitres y planeos de supuestos milanos transcurre nuestro viaje, lento y reposado, fluyendo tranquilamente hacia nuevas cámaras blancas que nos sirvan de escenario de otras historias.
Villaluenga del Rosario se cuela en nuestra ruta y ofrece como reclamo turístico un río subterráneo que la abre en canal, pero esta vez la guía se equivoca y de esta oferta ya no queda ni el murmullo prometido ni el cauce imaginado. La decepción nos pone en marcha a toda prisa, pues la luz va cayendo y nos recomienda visitar el ultimo elegido del día, Arcos de la frontera.

El ritmo cardiaco se eleva a 120 a medida que escalamos sus calles empedradas. Enseguida descubrimos la imposibilidad física de acceder en coche a sus cuetos y el monopolio de las motocicletas adolescentes que cabalgan temerarias por las cuestas, contaminando de pitidos y rugidos el empinado atardecer. Finalmente el esfuerzo alpinista  encuentra su recompensa en la Iglesia de San Pedro, bonita y tranquila, aunque enfurruñada: hoy le ha robado el protagonismo una pareja de novios que está haciéndose fotos en su plaza y que han elegido el aledaño ayuntamiento como testigo de su acuerdo. El primo Juan pone en práctica sus dotes de “Don” y de fotógrafo para retratar a algunas de las invitadas que entre risas me recuerdan que mi pareo playero no es nada apropiado para la ocasión. Así que me lo recoloco y avanzo con Coke por nuevas calles paseadas por vecinos con apellido de sit-com inglesa. Los Smith provocan la risa de nuestro can y todos aprovechamos su energía risueña para deshacer el camino hasta la furgoneta y despedirnos de los últimos rayos ocres de nuestro fiel compañero en este viaje . Quizás porque ha sido generoso y nos ha cargado las baterías hasta arriba, o quizás porque sopla el viento y esto siempre provoca decisiones ventoleras, decidimos ir a Sanlúcar de Barrameda, así que después de despedirnos de él y de invitar a su novia plate

ada a una cena improvisada en la furgoneta continuamos nuestro camino hasta el pueblo gaditano. Nos recibe el botellón adolescente que ha okupado sus playas y paseos con maquillajes quinceañeros y gominas encrestadas, así que una vez más tenemos que buscar el silencio en las afueras del pueblo. Afortunadamente éste no tarda en aparecer, y cuando por fin lo escuchamos, cerramos los ojos y respiramos.











Escrito por sres.caracol en escapadas y tiene Ningún comentario todavía

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