Volvemos a cerrar círculos concéntricos, volvemos a la tierra que nos enamoró hace años… volvemos, pero no venimos solos.
Las Gorges du Tarn siempre nos han recibido en Otoño. Esta vez, una recién estrenada primavera es la que nos da la bienvenida. Aunque aún es pronto, o realmente el clima se está volviendo loco, pero no hay flores, no hay colores que nos sorprendan, pero sí la paz que siempre reina en estos cañones de piedra y agua.
Después de hacer el precioso recorrido desde Millau hasta Ste. Enimie, despacio, saboreando cada pueblo, durmiendo a pies de castillos, decidimos no salir por Florac como marca la ruta. Esta vez, pensamos en subir un poco más hacia el norte e investigar nuevos recorridos, nuevos paraísos de piedra, nuevos rincones que hacer nuestros para siempre.

El atardecer nos sorprende en el Lac de Ganivet, un lugar de veraneo que hoy nos tiene solo a nosotros como huéspedes. Empieza a hacer frío. Nos escondemos en nuestro refugio. Durante la cena oímos una tormenta que se acerca. Contamos el tiempo que separa al rayo del trueno. 6, 4, 2… 0. Llega un momento que la tormenta está sobre nosotros. Oímos una explosión junto a los árboles. El interior de nuestra casita de papel se ilumina por fracciones de segundo. Nos dormimos.

Despierto pronto, como siempre, y aún tengo el eco de los truenos en mis oídos. Miro por la ventana. Algún dios enfadado nos ha cambiado de lugar o la riada nos ha transportado cientos de kilometros al norte. Está todo blanco, totalmente blanco. Un manto de nieve cubre el suelo, la orilla del lago, los árboles… Disfrutamos del lugar, paseamos por este nuevo paisaje, y nos preguntaos como puede cambiar tanto un lugar en una noche. La naturaleza tiene estos secretos.

Llegamos a Aubrac. Durante el recorrido la mezcla de los campos verdes primaverales con el blanco invernal y la luz cálida de la tarde han creado un entorno de ensueño que sé que no se repetirá jamás. En este pequeño pueblo, con apenas cuatro casas y tres restaurantes dormiremos varias jornadas. No hay nadie, absolutamente nadie. Los lagos que hay a los alrededores de la pequeña villa son una excusa perfecta para quedarse varios días. No hace falta más.
Un par de peregrinos, cargados con pesadas mochilas y plásticos para protegerse de la lluvia y la nieve pasan cerca nuestro. Por aquí pasa el camino de Santiago. Nos preguntamos si estos modernos caminantes aguantarán los más de 1000 km que separan estas frías tierras del final del trayecto. Nunca lo sabremos. Coque y Titina suben a un cruceiro y huelen en la misma dirección en la que los caminantes han marchado. Es la dirección que lleva a nuestra querida Galicia.

Es hora de marcharse, de volver, después de 10 días de convivir con la nieve, con la soledad, con el frío, con el amor… pero volvemos sobre ruedas.
