{los viajes del caracol}

europa07: cinque terre

SR. CARACOL
Entrar en las Cinque Terre estaba claro después de leer en todas las guías que nos acompañan que es una de las zonas más bonitas de Italia y tiene el preciado título de Patrimonio de la Humanidad. Sabemos que esa etiqueta es a veces símbolo de bellezas sublimes y otras convierte los lugares en parking de autobuses con cuatro piedras que visitar. Lo que está claro, es que en ninguna de las guías habla de las dificultades que vamos a tener para llegar hasta allí.
Se nos ha ocurrido viajar por la noche para despertar en este aparente paraíso y empezar el día con energía y ese ha sido nuestro pequeño error de la jornada. La carretera cada vez se va estrechando más, llenándose de agujeros, lluvia y noche misteriosa. Mi cabeza, que no ha arrancado bien esta mañana por culpa de un mail laboral, no digiere bien el trayecto y cada vez lo veo todo más negro. Cómo puede ser que ante un paisaje tan bonito, natural, puro y no sé que más adjetivos, un solo mail, un único mail que he leído esta mañana haga que vea todo de otra manera? No ha hecho más que empezar la primera semana de esta nueva aventura y ya me doy cuenta de que es imposible desconectar de lo que he dejado en mi tierra para sumergirme en lo nuevo que me ofrece este camino de curvas.
Así que el trazado se va complicando más y más hasta llegar al punto de no tener vuelta atrás. Demasiadas señales de peligro juntas para mis retinas , me advierten que entrar aquí no es fácil, y que salir va a ser todo un logro. En tan solo 50 metros llego a leer: “Atención, carretera peligrosa”; “Prohibido circular camiones”; “Precaución con lluvia”; “Velocidad máxima 30” y para rematar, una que advierte que el ancho de mi pequeño vehículo va a rozar con los cantos por todas partes.
Diferentes señales nos obligan a aparcar y nos indican que el pueblo es peatonal. Sin salir de nuestro caracol cenamos rápidamente para dejarnos seducir por el aroma de unas tilas que ayudarán a dormir mejor.
(5 horas más tarde) La noche ha pasado a ratos, con múltiples sueños que ahora intento descifrar y que se unen entre ellos para crear historias imposibles de personajes cruzados y lugares ilógicamente relacionados. Pero además de oníricas historias, toda la noche ha habido un constante “¿cómo salgo de aquí?”. Entonces es cuando te viene a la cabeza por qué no gastaste esos 4000 euros de más para tener más potencia en la auto, o por qué no hiciste caso a aquella decisión que tomaste después de algún susto con la pequeña furgo y que decía que después de caer el sol, el vehículo se detendría siempre, para poder contemplar la belleza de los lugares y no dejar que la noche haga que lo veas todo más negro.
Sea como sea estoy ahí abajo, a 100 metros del mar, en Vernazza, a las 6 de la mañana. Para empezar el día con un poco de optimismo y hacer tiempo mientras Raquel se despierta, he preparado una montaña de crepes caseras de tamaño reducido. El olor de tanta exquisitez ha puesto nervioso al hocico de Coke, al que le preparo una rellena de paté. La devora casi tan rápido como yo las mías de mermelada y azúcar! Añado a la lista de la compra un bote de Nutella, que acabo de descubrir se ha terminado y salimos hacia el pueblo. La lluvia nos pilla a medio camino y me doy cuenta de lo irresponsable que soy de no haber cogido la funda de la cámara de vídeo. Cualquiera de mis compañeros que ahora están lejos diría: “Alvarito, como tratas el material”, pero no están, así que yo mismo pienso lo idiota que soy , la escondo bajo el paraguas y salgo corriendo dejando a Raquel y el can detrás.
El lugar, es un viejo pueblo pescador, de piedra, colgado de las rocas y hoy, gris. El sol no sale, y nuestro vendedor de pizzas nos advierte que no sabe si aparecerá o no, mientras en la radio de su pequeño bar empieza a sonar una voz beatleiana que dice “here comes the sun, durududu, he comes the sun, it’s allright…” Miro al pizzero y sonreímos ante tal casualidad mientras el sol empieza a asomarse y a dejar algunos claros que me permiten salir disparado a hacer algunos planos en vídeo. Un grupo de turistas aplaude mi valentía y reflejos cuando una gran ola me empapa. En el último momento he sido capaz de levantar la cámara y el trípode lo mas alto posible para que la mala leche de Neptuno no destroze mi fantasía cinematográfica.
Cuando ya todo empieza a parecernos repetitivo y mis pies demasiado fríos decidimos salir de ahí para quitarnos de encima la más pronto posible la subidita hasta la carretera principal. Ante el peligro que se nos avecina decido desconectar todos los tubos del gas; vaciar un poco el depósito de agua para llevar menos peso; guardo todo el material delicado, cualquier objeto que se me pueda caer a la cabeza; preparo mentalmente cualquier operación de emergencia por si las moscas y recuerdo que en mi entierro quiero que suene “the long and winding road”, de McCartney, por favor…
Y de pronto ya está! En menos de 8 minutos estamos flotando entre nubes y árboles otoñales en una carretera preciosa y perfectamente asfaltada mientras voy deteniéndome de vez en cuando para retratar la naturaleza que se me presenta. En cada disparo me doy cuenta de que el miedo es algo incontrolable, absurdo y que nos hace frágiles como un niño. Por la noche, nos transformamos y todo se ve más oscuro, más difícil de lo que es. Las decisiones importantes hay que tomarlas de día, con el sol golpeándote en la cara y el aroma de un buen café entrando directo por tus fosas nasales.

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SRA. CARACOL
Me he despertado a las 6:30 y apenas he podido volver a dormir. Paseos de un Coke necesitado, tormentas torrenciales, truenos terroríficos y miedos irracionales se han conjugado y el sumatorio ha dado como resultado una nochecita de pesadillas. Pero Vernazza es tan bonita como la soñábamos así que el esfuerzo ha sido justo pago por permitirnos disfrutarla. Aunque la lluvia no cede frente a los turistas, nos aventuramos a callejearla. Algunas imágenes interesantes aparecen en el camino y las guardamos. Coke llama la atención de niños y adultos de todas las nacionalidades y se esfuerza por entender las palabras cariñosas que le prodigan en lenguas desconocidas. Orgullosa devuelvo sonrisas y pienso que, sin duda, es el perro más guapo del mundo. Sin embargo la lluvia no entiende de bellezas caninas y le empapa a él y a nuestros zapatos, que furiosos corren a refugiarse bajo toldos aliados en el camino. Así, de soportal en soportal vamos sorteando charcos y paraguas, descubriendo un poco más de esta encantadora Italia. De pronto uno de nuestros improvisados refugios nos avisa de que dentro sucede algo que nos atrapa: unos marineros preparan redes para pescar. Lo hacen con la calma de los que saben que hoy, ese es su único cometido, que los barcos hoy no saldrán a faenar, pues la bandera roja del puerto advierte de la visita de un fuerte temporal. Charlan en sotovocce, sin levantar la vista de su labor. Conversaciones sobre ellos, sobre la vida, sobre cualquier acontecimiento que les aderece rutinas en su quehacer diario. La escena es tan íntima y sencilla, tan lógica y cotidiana, tan fílmica y romántica que casi siento pudor por haber estado observando y en silencio nos retiramos, les dejamos con su murmullo italiano.
Alcanzando el pantalán, olores de pizza recién hecha se cuelan por todos mis poros, corren por mi imaginación y llegan a esa parte de mi cerebro responsable de que mi estómago llore por falta de alimento, así que unos coloridos y apetitosos trozos de esta masa universal son elegidos en un pequeño restaurante a los pies del mar y sacrificados sin ni siquiera preguntarles su nombre.
Vernazza no es grande y la despedida llega pronto. La incorregible carretera que la noche anterior nos hizo sobresaltarnos con cada viraje de volante, con la luz del día se disculpa traviesa y se ofrece mejorada, regalándonos un viaje de vuelta inspirador. Viñedos empinados hasta l

o imposible, olivos de pestos exquisitos, castillos ruinosos besándose con nieblas juguetonas e inaccesibles pueblos huidos del asfalto que parecen robados de un cuadro impresionista. Así son las Cinque Terre, difíciles de alcanzar. Pero como siempre ocurre con lo complicado, inolvidables una vez que las encuentras.




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