SR. CARACOL
Conducir en Marruecos es una locura porque no hay leyes y cada uno va por donde quiere; en Madagascar es peligroso porque las carreteras están fatal y los autos son viejos, pero en Grecia es una lucha constante por la supervivencia. Nos ha costado un poco entender el concepto, pero a la que te pitan tres o cuatro veces, te hacen luces en 25 ocasiones y te ves estampado en la cuneta 18 más, lo pillas. La cuestión es que el país tiene 4 autopistas, el resto son carreteras nacionales y la gran mayoría, comarcales. En las carreteras de un solo carril por cada sentido hay una ley no escrita que dice que debes ir por la cuneta para que los rápidos puedan ir por el carril normal, y los lanzados puedan adelantar saltándose la línea continua, las isletas y lo que haga falta. Lo más divertido de todo es ver dobles adelantamientos en ambos sentidos, cuando se juntan 4 coches en el espacio justo a velocidades de vértigo. Y es que en otros países donde la conducción también es temeraria, los vehículos son viejos y no alcanzan las velocidades de aquí. Raquel dice que ella no quiere ir por el arcén pisando la línea que le separa de la cuneta, que es peligroso, así que nos saludan todos los griegos con el dedo corazón levantado hacia arriba. No nos importa, estamos aquí para disfrutar del país y verlo con calma.
Ayer nos dedicamos a contar accidentes en la carretera y nos salió una media de 1 cada 200 metros. El sistema de contabilidad es fácil, aquí colocan en las cunetas donde ha perecido un familiar una pequeña capillita del tamaño de una casa de muñecas. El objeto es un poco kitsch, pero a ellos les debe consolar. Colocan una foto en el interior, flores, velas que milagrosamente casi siempre están encendidas y unos botecitos con aceite de oliva. Con curiosidad creciente busco en la guía, por si pone algo sobre el sistema de conducción griego y no me sorprendo al leer que éste es el país con más muertos en la carretera de Europa, 2000 al año, y eso que tiene una población de sólo 11 millones de habitantes.
Así que con todo esto aprendido bajamos hacia el Peloponeso, la parte sur de Grecia, donde se supone que reina la tranquilidad absoluta (fuera del asfalto, claro). Nuestra primera parada es Amfilochia, un pequeño pueblo en el curioso Golfo de Amvrakikós, que tiene una estrecha entrada de agua de mar pero parece más un lago que otra cosa. La autocaravana se detiene en un pequeño puerto con unos 10 barquitos de pesca, a tan solo un metro del agua. Podemos oír las diminutas olas romper junto a nosotros, pero el sonido de la lluvia puede más. El amanecer es espectacular, con las nubes bajas empezando a deslizarse por las montañas hasta al mar, en busca del frío. Mientras las tostadas van desapareciendo del plato y una suite para cello de Bach suena poderosa en los altavoces, las nubes acaban oscureciendo las aguas tranquilas y un barco diminuto aparece ante nosotros. Un señor mayor intenta con esfuerzo sacar su barca al mar así que no lo dudo y le ayudo calándome hasta los tobillos… pero cuando quiero congelar el momento con la cámara ya es demasiado tarde… el hombre está lejos y no obtengo el retrato que quiero. Me conformo con una de esas “fotos testimoniales” que decía mi primo Juan.
Con los pies mojados atravesamos campos y lagos hasta llegar a Patra. Es martes y 13, así que dejamos que la suerte nos acompañe y vamos a Diakoftó en busca de un tren cremallera que nos lleve a las montañas. Una vez llegamos al pueblo y vemos la tranquila playa, nos olvidamos del viejo tren y nos quedamos allí unas horas, comiendo y mas tarde jugando con Coke mientras Raquel habla con los dioses del Olympo durante hora y media. Antes de que caiga el sol volvemos hacia Patra para bajar hacia el sur y alcanzar las ruinas de Olympia, pero el camino es demasiado largo para hacerlo de una sola vez. Buscamos un camping donde dormir esta noche, hace ya más de una semana que lo hacemos improvisando y no vendría mal enchufarnos a la corriente un poco y hacer algunas gestiones autocaravaniles. Parece que vamos a tener suerte, esta parte de la costa está llena de carteles de Campings y playas para escoger! Pero durante más de una hora no paramos de entrar en recintos semiabandonados que parecen haber sido un camping en algún momento de sus vidas. Toda esta zona, es fea, por no decir horrible, decadente. Un griego que conocimos en Sevilla la semana que partimos nos advirtió que Grecia en invierno da miedo, y tenía razón.
Saltándonos parte del guión, porque la lluvia no nos deja hacer casi nada, aparecemos en la antigua ciudad de Olympia. En el parking de las ruinas, pasamos 4 horas viendo como la lluvia golpea cada vez más fuerte y tomando decisiones. Con el mapa de Europa completamente abierto ante cualquier posibilidad de cambio, decidimos simplemente acortar el Peloponeso y salir hacia Atenas. Cada día llueve más, todo está gris, triste. Y apenados soltamos aquello de “no es lo que creía”. Cuando por fin la lluvia nos permite salir, entramos en las ruinas olímpicas y nos llevamos una pequeña decepción. Puede que el clima nos haga verlo todo incoloro e insípido pero nada en esta montaña de piedras nos transmite la más mínima sensación de olimpismo. Tomamos una vieja carretera que nos lleva a Nauplio, uno de los pueblos más bonitos de Grecia. El camino se hace largo porque el firme está hundido parte del camino y solo hay un carril del ancho justo de nuestro vehículo. La conducción se hace cada vez más pesada con la lluvia y el asfalto mojado. No queremos sustos, así que paramos en un pequeño pueblo a cenar. En la gasolinera nos dirigen a dos pequeñas tabernas, pero en el camino aparece un olor soñado durante más de un mes por mi olfato carnívoro. Aquí, bajo la simple luz de una bombilla, un viejo tiene montañas de carne a la brasa de un olor que supera al de las tremendas y riquísimas barbacoas que mi padre me regala cuando vuelvo a casa. Estamos de suerte, y regresamos a la autocaravana con el mismo dinero con el que salimos y los estómagos llenos, llenísimos.
Nuestros anfitriones nos advierten que la carretera es peligrosa por la noche, así que paramos en el siguiente pueblo. La noche es dura y el estómago se queja, demasiada carne de repente, ahora que la dieta se había aligerado un poco. La digestión se hace pesada y la sed me hace levantarme más de una vez. La lluvia empieza a caer de nuevo y Raquel cree que se nos va a agujerear el techo, pero estamos de suerte y la mañana aparece soleada. 
Por la mañana llegamos a Nauplio, nuestro último destino antes de Atenas. Allí paseamos casi en solitario por este pueblo bastante turístico, pero que conserva su carácter y su historia. Antaño fue una gran potencia comercial y militar. Fallamos en la elección del restaurante, y es que el festín que nos dimos anoche puso el listón muy alto.
Antes de salir, compramos un par de botes de mermelada en una tienda donde me hubiera quedado un par de meses destapando tarros y metiendo cucharazos.
Atenas es una ciudad difícil y Raquel tiene el privilegio de conducir hasta el camping, que por suerte, encontramos de casualidad cuando el tráfico empieza a ser caótico. 
El lugar es absolutamente tranquilo, a 7 km del centro y bien comunicado, se llama simplemente “Caming Athens”. Tan solo otros viajeros franceses están aquí, y nos entra morriña al ver que viajan en una pequeña furgo como la que teníamos antes. Miramos a nuestro alrededor y pasamos un rato enumerando la cantidad de cosas que no podríamos hacer en la pequeña …finalmente lo acabamos celebrando con unas crepes fantásticas que el chef prepara cargaditas de las mermeladas de fresa e higos de Nauplio. Quizás ya lo he dicho alguna otra vez, en algún diario de viaje antiguo: “estas son las mejores crepes que jamás haya hecho”.
Con el estómago endulzado hasta los topes, nos vamos a la cama repasando entre lecturas lo que visitaremos mañana, el clásico Acrópolis, con su Partenón como
protagonista.
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SRA. CARACOL
El Peloponeso no ha sido especial en absoluto. La lluvia nos ha asediado durante varios días seguidos agriándonos sensaciones y perspectivas… con pena la gran Olimpia desilusiona reflejada en el aguacero… supongo que Pompeya resulta una referencia demasiado perfecta como para competir, incluso tratándose de una campeona olímpica… aún así algunas de sus negras piedras traen ecos de vítores en el gran estadio o en la palestra… Pero aquí hay un grito mucho mas alto que retumba en nuestros oídos y este ya no es de victoria sino de derrota: es el grito del bosque quemado, el grito de la madera aún viva que ve como se acerca su inexorable final, el grito de los animales desahuciados y de la vida abrasada. Ahora el negro de la muerte domina estos montes milenarios, el olor a muerte injusta apesta el lugar y nos entristece. Y para colmo, la ironía trae un diluvio hoy, cuando ya es demasiado tarde!
Nos rendimos arrugados y reumáticos y escapamos buscando rayos divinos que nos templen el carácter y estiren nuestro nervios. El Mac-meteorológico asegura que aparecerán en Atenas…pues allá vamos!
Ah, no! pero el pueblo Peloponeso no quiere que nos alejemos con este mal regusto, así que OTRA VEZ! encontramos anfitriones surgidos de la nada. Hoy nuestro conciliador con el mundo se llama Angelo, está en medio de nuestra carretera de camino a Atenas y nos regala una cena de amigos de toda la vida. Son cuatro ortodoxos que destierran la carne de sus dietas hasta el 27 de Diciembre con una barbacoa cobijada bajo un tejadillo, en la calle. El carnicero del pueblo y cómplice de Angelo desaloja sus arcones de vacas, cerdos y corderos en esta ceremonia de despedida. En el Peloponeso también la religión ordena menús… Angelo cocina despacio, en silencio, y las brasas nos cuentan de su cara arada por el tiempo. Estamos hipnotizados en este mismo momento! De improviso su brazo se alarga y sus ojos buscan los míos en un gesto de confianza. Me sorprendo, dudo, acepto el ofrecimiento un poco temerosa… pero con el primer bocado y el agrio del aderezo de limón flotando en mi boca me transformo en carnívora leona. Son nuevos amigos que posan con nosotros para el ojo del Sr. Caracol y escriben su dirección para que les enviemos el instante en papel fotográfico. Claro! Aquí no hablan de mails… un precio demasiado barato para agradecer tanta hospitalidad! Mas que justo!
No nos entendemos apenas, pero el murmullo de estómago satisfecho es universal y bajo la lluvia consigue acercar “conversaciones”. Uno de nuestros personajes habla un inglés casi casi inteligible. Recuerdos de una mujer bonita de negros cabellos que alguna vez le talló una muesca en el lado izquierdo del pecho balbucean en su boca de sabor a vino. A veces su aorta la recuerda vagamente cuando el calor del néctar se evapora, pero un vaso más le deja regresar al olvido…y así, traguito a traguito el va engañando a su razón.
Sus compinches ya conocen estas y otras historias. A los nuevos en la pandilla nos toca coger el testigo esta noche e intuirle en sus divagaciones hasta que nuestros estómagos dicen basta. Es hora de seguir adelante y repartir adioses y buenos deseos… Somos felices y en nuestras mentes flota una firme promesa: un retrato con todas las sonrisas de esta noche volverá pronto a este pueblo escondido.
Saneadas energías se acomodan en los recovecos de nuestro caracol y nos llevan a Nauplia, veneciana y templada, con playa de mar turquesa y siesta a las cuatro en las rocas de su bahía, bajo un anciano castillo. El mar Mirtoico se acerca a conocer mis manos con caracter templado pese a lo avanzado del Otoño. Después Atenas. Y enseguida, mil coches y destellos de camiones agresivos en una ciudad que se extiende hasta el infinito. Cobardes en este combate nos retiramos a un camping de las afueras. Mejor idea coger un autobús mañana…por la mañana…















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